El barquero

Sinopsis

En un cuarto de hospital yace una anciana al borde de la muerte. En su último suspiro, la mujer pronuncia el nombre de Aquino.

En su funeral, un nieto suyo descubre que en un tiempo y un lugar tan lejanos como imprecisos, hubo un barquero con ese nombre. Solitario y callado, el hombre se dedicaba a llevar los habitantes del pequeño pueblo en el que vivía, de una orilla a la otra de un gran río.

Sin embargo esa no era la única ocupación de Aquino. El hombre también ayudaba a los pobladores de la región que estaban al borde de la muerte. Los escuchaba, los ayudaba a vivir sus últimos deseos, a resolver temas pendientes, a superar el miedo, a aceptar, a desapegar.

Aquino no tenía método. Sin solemnidad y con un cierto sentido del humor, el barquero se conectaba profundamente con los moribundos y les entregaba a cada uno, intuitivamente, lo que necesitaba:

Consigue que los allegados de un joven que olía muy mal por causa una enfermedad terminal, lo rodeen en su lecho final; le hace el favor de su vida a una viejita que no quería morir virgen; a un niño al borde de la muerte le hace creer que se va de visita al palacio del rey y en vez de intentar salvarle la vida a un accidentado, guía su alma por los pasillos del mas allá.

Paralelamente la vida de Aquino transcurría austeramente. El hombre arreglaba su barco, lavaba su ropa, cosía, pescaba y cocinaba en la sola compañía de su burro Siddharta. De vez en cuando recibía la visita de los deudos de los muertos, que se acercaban con los regalos más inusitados y las de una periodista extranjera, que insistía en escribir un artículo sobre el barquero que “ayuda al buen morir”.

Un día lo viene a buscar una mujer mayor, desesperada. Esta lo conduce hasta su hija, una joven llamada Aasia, que se encuentra en la cama desganada. La chica, de unos 30 años, está ciega y tiene su tiempo contado. Incapaz de aceptar su realidad, ella recibe a Aquino poseída por la rabia. Le tira objetos, le grita, lo echa de su casa. El barquero, con su característica calma, hace caso omiso de su agresividad y continúa visitándola: le cuenta historias, le proporciona experiencias sensoriales, improvisa una cama en su barco para llevarla de paseo, la ayuda a sumergirse en el agua.

Mientras tanto, la enfermedad implacable avanza. El cuerpo de la joven se va deteriorando y debilitada, no sale más de la cama. Aquino, fiel, la acompaña.

Conforme la muerte se avecina, una fuerza interior va creciendo en Aasia. Irónicamente, la fortaleza y sabiduría de Aquino comienzan a minguar: sus esfuerzos que otrora fueran para propiciarle un pasaje desprendido a una nueva etapa, son ahora para retener a la joven, de quien impensablemente se ha enamorado.

El barquero le grita furioso a un Dios cruel y despiadado, llora como un niño, empieza a buscar desesperadamente médicos y curanderos. En sus esfuerzos pierde el burro, el rumbo, el barco.

Apegado a la joven con desesperación, cuando ésta finalmente encara su último viaje, Aquino se queda sin asideros. Totalmente a la deriva, el hombre considera precipitar su partida. Ata una pesada vasija a su cuerpo y avanza río adentro.

En ese momento llega la extranjera agitando el ejemplar de un periódico donde se lee: “EL MAYOR FAVOR”.

Aquino entra en razón. El hombre vuelve a cruzar “pasajeros” de una orilla a la otra. Su nombre comienza a ir de boca en boca. De todos lados llegan discípulos y gente que quiere conocer el barquero “que ayuda al buen morir”. Sin saberlo, la extranjera, que no es otra que la anciana del comienzo del film, no solo le salva la vida, sino que lo transforma en un mito.