El barquero

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El barquero es un film profundo y filosófico sobre “el morir”. Basado en la creencia de que vivir una buena muerte es tan importante como vivir una buena vida, el film trae una mirada oriental, casi budista, sobre ese sublime momento de transición.

Para los budistas tibetanos, lejos de ser una desgracia, la muerte es un proceso natural. Según estos, las funciones vitales se van apagando y los cuatro elementos que componen el cuerpo (aire, tierra, fuego y agua) se van disolviendo, hasta que finalmente la materia se separa del alma.

Luego de esa separación, el alma, impermanente y fluida, sigue su curso como un río. En ese transcurso, tendrá la oportunidad de unirse al todo, liberándose así de futuras reencarnaciones. Para eso, es fundamental que la persona esté tranquila en el momento de su muerte, sin asignaturas pendientes, ni factores mentales que perturben (miedo, rabia, envidia, odio, etc), ni intervenciones externas traumáticas, como las que tienen lugar en los hospitales comúnmente.

El personaje del barquero -que remite a Caronte, arquetipo mitológico que conducía a las personas de una orilla a la otra, simbolizando el traspaso de la vida a la muerte- tiene esa sabiduría innata.

En contraste con los tabúes, supersticiones y miedos de la mayoría de las culturas occidentales este “hombre que ayuda al buen morir”, en vez de concentrarse en estirar la vida, ayuda a los moribundos a prepararse práctica y espiritualmente para recibir la muerte.

Austero, leve y con un particular sentido del humor, el barquero trata la muerte sin solemnidades ni pruritos, proporcionando así un ambiente relajado en el cual el moribundo se siente cómodo y puede descargar sin inhibiciones sus miedos, pensamientos y emociones.

Aquino tiene la virtud de saber escuchar. Parte de su “método intuitivo” es también ayudar a aquellos que están al borde de la muerte a no dejar cabos sueltos: por más difícil que sea la empresa, este buen hombre los ayuda, cueste lo que cueste, a concretar sus asignaturas pendientes.

Además de guiar a quienes están por morir a través de las diferentes etapas previas a la muerte (que según la tanatología consisten en el rechazo, rabia, regateo, depresión, aceptación), el barquero conduce -siempre rústica y intuitivamente- a sus familias: los insta a soltar, a dar permiso al moribundo para irse, a no llorar ni cuchichear a sus espaldas y propositalmente incluye en todo el proceso a los niños y su espontaneidad.

Para completar su “misión”, el barquero se cerciora de dejar a su “pasajero’ al otro lado de la orilla, hablándole al alma incluso después de haber abandonado el cuerpo y guiándola con rituales al uso nostro por los laberintos del mas allá.

Pero el film no se detiene ahí, sino que con una actitud piadosa sobre la debilidad humana frente a la muerte, hace que su héroe, un “iluminado” por naturaleza, al enamorarse y caer presa de las pasiones humanas, pierda su estado de gracia y se “desilumine”.

Con un guiño al recorrido de Siddharta Gautama, quien del ascetismo estricto pasó al deleite sensual para llegar finalmente al “camino del medio”, el barquero finalmente consigue regresar a su centro y con cabal conocimiento de las debilidades humanas, es capaz ahora de transmitir a otros su “mensaje”.

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